Los paisajes de José María Velasco

José María Velasco y la apropiación estética del paisaje nacionalista

Por: A. Larrucea

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El nombre de José María Velasco está indisolublemente ligado al paisaje.  Este magnífico artista, que agregó en algunas ocasiones a la firma de sus pinturas la palabra mexicano es un fundador de la idea del paisaje mexicano.  La relación entre paisaje y país están claramente unidas.  “País” no es solamente un área soberana perfectamente delimitada en kilómetros cuadrados como ahora se entiende, sino que se refiere a un territorio específico.  Su etimología latina es pagus, en primer sentido es aldea y se va extendiendo para abarcar el pago, terruño y hasta territorio al que se está atenido, designa al lugar donde nace o vive una persona y en el cual ésta encuentra su identidad.
Emergen aquí interesantes relaciones semánticas y vínculos conceptuales entre país y paisaje que se expresan en la proximidad fonética de las palabras francesas pays y paysage, las italianas paese ypaesaggio, las inglesas land y landscape y las alemanas land y landschaft.  De la indagación etimológica se deduce que paisaje y país son términos alusivos a un mundo propio y se vinculan con el sentido de pertenencia a un lugar con el cual se establecen lazos de inmediación cultural y afectiva sobre todo articulado a través de las tradiciones y al vínculo con la tierra de los ancestros.
En este trabajo busco acercarme a la mirada del artista que observa y decide plasmar en sus pinturas el territorio de su nación y que a través de su representación produce una valoración estética y la posibilidad de representar un paisaje propio.
El territorio mexicano como riqueza de la nación
José María Velasco nació en el Estado de México en 1840. Se trasladó con su familia a vivir a la ciudad de México a los siete años, justamente el año de la intervención estadounidense en México.  Esta inició con el bombardeo del puerto de Veracruz y avanzó rápidamente hasta la capital donde se sufrieron las batallas de Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec.  Poco después se consolidó la toma de la ciudad y en septiembre del mismo año se firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo donde México cedió 2,378,539 kilómetros cuadrados, más de la mitad de su territorio, a los Estados Unidos.  La pérdida del territorio que había iniciado desde antes de estos hechos no terminó aquí, siguieron problemas con la frontera norte y los conflictos con Yucatán y la Baja California.
El México de la infancia y juventud de José María Velasco estuvo marcado por estos hechos y una consecuencia lógica fue un ambiente en donde existía una imperiosa necesidad de conservar el territorio. Mantener el territorio implicaba conocerlo y en este sentido había mucho por hacer.  En este empeño distingo dos formas de acción, la primera relacionada con el conocimiento cuantitativo racional del territorio y la segunda basada en la valoración de sus características paisajísticas.
En la primera línea, desde luego hay importantes antecedentes que apuntan al esfuerzo por la descripción de la naturaleza mexicana aunque no directamente en la construcción de lo mexicano.  Estos trabajos fueron iniciados por los españoles desde los tiempos de la conquista, destacando más adelante las expediciones de finales del siglo XVIII, insertas en el pensamiento ilustrado y borbónico.  La más importante fue la Real Expedición Botánica a Nueva España que inició en 1786.  Si bien esta expedición fue relevante para el avance del conocimiento científico, su búsqueda estaba dirigida a la explotación de los recursos.
La visita de Humboldt y Bonpland en 1803 marca el inicio de varias exploraciones ilustradas emprendidas por extranjeros destacando esta por ser la más completa.
La información sobre el territorio resultaba indispensable.  Humboldt realizó un trabajo titulado Tablasgeográfico-políticas del reino de Nueva España que contenía datos sobre la superficie, población, agricultura, fábricas, comercio, minas, rentas y fuerzas militares que al parecer entregó también al presidente norteamericano Jefferson y que aumentaría el interés para la posterior invasión de México, al haberle facilitando datos estratégicos.
El conocimiento sobre el territorio seguía siendo superficial en el naciente país.  Un paso fue la fundación de la  Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en 1833 con el apoyo del entonces presidente Valentín Gómez Farías para elaborar la cartografía del nuevo país con sus regiones y fronteras.  Este trabajo cartográfico fue el primero en América.
Continuaron también las expediciones extranjeras y en términos de representación destacan las del arqueólogo norteamericano John Lloyd Stephens y el arquitecto y dibujante inglés Frederick Catherwood, quienes iniciaron sus viajes por los territorios mayas en 1839 produciendo dos textos con ilustraciones. En 1844 Catherwood imprimió Vistas de Antiguos Monumentos de América Central, Chiapas y Yucatán con 25 litografías en color procedentes de aguafuertes realizados de varias ruinas.  Representó con una visión pintoresca de un territorio ajeno los volcanes nevados y las selvas espesas así como los sitios arqueológicos, cuya descripción superó en detalle y exactitud a la información hasta ese momento recabada sobre las ciudades mesoamericanas.
Las expediciones del siglo XIX se realizaron con mayor libertad y profusión una vez alcanzada la independencia del país, pero fue necesario esperar hasta el último tercio del siglo para registrar los primeros síntomas del despertar definitivo de las ciencias que nos llevarían a conocer en el plano físico con más certeza el territorio mexicano.
A partir de 1864 surgen en varias ciudades mexicanas y en la capital grupos cada vez más nutridos de naturalistas con interés sobre el territorio mexicano, en su mayoría médicos, farmacéuticos e ingenieros.  A todos los une la necesidad de conocer y aprovechar mejor los recursos naturales del país.  En 1868 se agrupan en la Sociedad Mexicana de Historia Natural y un año después aparece el primer fascículo de la revista  La Naturaleza, que incluyó temas desde botánica y zoología hasta geología y paleontología.  Más adelante la investigación y prospección del territorio tuvo una derivación hacia la salud, dada la urgencia de responder a las epidemias que periódicamente asolaban al país, así surgió por ejemplo el Instituto Médico Nacional en 1888 que contaba con laboratorios de historia natural, química analítica, botánica y climatología.
Los diversos gobiernos a pesar de las continuas convulsiones del siglo XIX, hicieron en distintas medidas esfuerzos para conocer el territorio y estos fueron dirigidos al conocimiento práctico necesario para la solución de los problemas a los que se enfrentaba la nueva nación.
No es el objeto de este trabajo hacer una descripción precisa de todas las formas en que se abordó el estudio del territorio mexicano, pero sirvan los momentos anteriores para recalcar las formas en las que se realizó y cómo éstas están relacionadas con instituciones y actividades insertas en el aparato estatal y determinadas por cierta inmediatez y pragmatismo.
Este conocimiento físico del territorio fue necesario y no podemos negar que contribuyó a iniciar una valoración positiva sobre lo propio, además de ser el punto de partida indispensable para crear la posterior idea simbólica y significativa del paisaje nacional.
El paisaje mexicano como valor estético.
El primer paso se había iniciado, sin embargo, para la construcción de la identidad nacional, tras unas décadas de vida autónoma llena de vicisitudes, “no solo se requería la asimilación de las efigies de los héroes, o que se generalizaran alegorías políticas y de nuestros usos y costumbres; que se hiciera un himno nacional (1854) y una bandera, era necesario la evolución de un género pictórico del paisaje, que difundiera la identidad territorial en la nación y en el extranjero”.[I]
En enero del complejo año de 1847 la Academia de San Carlos reinauguraba sus clases después de una reestructuración de su organización y sus instalaciones.  En 1855 llegó desde Roma el pintor romántico de “paisaje histórico” Eugenio Landesio a impartir las cátedras de “Perspectiva, paisaje y ornato” en la Academia. Fue invitado por Pelegrín Clavé, director de pintura, quien había incluido algunos de sus trabajos en la Exposición que se organizara en México en 1853.  Escribió Manuel G. Revilla que Landesio fue incluido como docente en la Academia:
…por el atractivo y la maestría con que estaban representadas las vistas de Italia en sus pinturas, pudiendo esperarse que muchos sitios pintorescos de México, tan celebrados siempre, sus campos amenísimos, sus gigantescos nevados, su en parte quebrada configuración, sus dilatados horizontes, sus esplendorosos crepúsculos, tendían al cabo del hábil intérprete que acertaría a trasladarlos directamente al lienzo. [II] 
Como bien señala Juan de la Encina, “…antes de que México tuviera una pléyade de paisajistas, ya estaba aquí presente ese sentimiento de la naturaleza que había de renovar y crear en cierto modo de nuevo la pintura de paisaje.  El anhelo estaba presente.” [III]  Aunque es muy posible que la idea del nacionalismo no estuviera directamente presente cuando se creó la cátedra de paisaje en México, en poco tiempo desarrolló esa función que vino a satisfacer necesidades que ya se sentían en el México prerrevolucionario.
Velasco ingresó a la Academia de San Carlos en 1858 con 18 años para aprender dibujo. Revilla reconoce a Landesio como el responsable del nacimiento de la pintura mexicana del paisaje al afirmar: “Clavé había enseñado paisaje, pero muy tímidamente y los países (como se denominaban antaño a los paisajes pintados) que hasta esa época habían llegado a la república no eran suficientemente notables para llamar la atención ni dar cabal idea del género.”[IV]
Landesio reconoció inmediatamente en Velasco enormes cualidades que le enseñó a explotar.  Su técnica de enseñanza incluía múltiples prácticas de pintura al aire libre.  Si bien sus pinturas retratan el paisaje de México su interpretación resulta de un acercamiento a un territorio exótico.  Su más grande legado fue la formación de su alumno a quien dedicó uno de sus escritos titulado “Notas interesantes para la historia del más aprovechado de mis discípulos, Sr. José Ma. Velasco”.  Desde sus primeros trabajos Velasco destacó por su talento y fue merecedor de una pensión y de múltiples premios.  Completó su educación tomando materias con sus hermanos -que estudiaban medicina- de anatomía, física e historia natural.  En 1868 obtuvo el nombramiento de profesor de Perspectiva y más tarde de Paisaje en la Academia.
Algunas de las acciones que por este tiempo realizaba el estado para difundir y promover el reconocimiento que el país necesitaba fueron las exposiciones periódicas de la Academia de San Carlos, sobre todo a partir del control de la institución por el partido liberal en 1867.  Se realizaron concursos de pintura con temas relacionados con el pasado prehispánico que idealizaban los episodios míticos.  Muestra de ellos son El descubrimiento del pulque de José Obregón y Senado de Tlaxcala de Gonzalo Gutiérrez.  En ellas “…resulta patente la eficacia persuasiva del uso oficial de las imágenes como un recurso de primer orden en el proceso de construcción de la nación como mito identificador de la modernidad.”[V]  Este era el ambiente sobre el objeto del arte promovido por el estado en el que se desenvolvía Velasco, quien aportó con su trabajo una posibilidad radicalmente diferente.
Velasco no solamente fue el gran paisajista sino que formó parte del movimiento científico y geográfico del que hablé al principio.  No fue un aficionado en las ciencias únicamente con fines de representación pictórica, sino que fue miembro de número de la Sociedad de Historia Natural donde imprimió dibujos para la mencionada revista La Naturaleza y también fue dibujante oficial de la revista de Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía.  En este momento produjo las litografías botánicas que pretendía vender a través de suscripciones a la colección Flora de los alrededores de México. También realizó en 1878 los cuadros Pirámides del Sol y de la Luna y El baño de Netzahualcóyotl, así como múltiples dibujos litografiados de piezas mesoamericanas, que expresan su mirada sobre el México antiguo.  Estas pinturas sirven a Velasco como estudio de elementos aislados de su contexto, que él toma de la visión científica como herramienta de observación detallada, que utilizará más adelante al reincorporar estos componentes al mundo orgánico mas totalizado de sus paisajes maduros.  Entre sus aportaciones más importantes la potenciación de la estética por el conocimiento científico-racional es su característica más peculiar.
En 1873 se trasladó a vivir a la villa de Guadalupe en la sierra del mismo nombre y por esos años emprendió la obra extraordinaria de los valles de México, inolvidables y verdaderos hitos de la pintura mexicana: El valle de México y México.  Pintó desde los alrededores múltiples vistas del valle, la mayoría de ellas en gran formato lo que les otorga una profundidad y una dimensión poco vistas en la pintura de paisaje en México.
Produjo desde su estudio en la villa de Guadalupe su emblemática obra.  Velasco no necesitó moverse mucho, sin que esto le impidiera realizar algunos viajes.  Desde los altos hacia el valle, donde montó su caballete contempló hora tras hora, día tras día, año tras año el valle, logrando retratar el tiempo.  Mientras algunos de los elementos geológicos, topográficos, edafológicos de la naturaleza permanecen aparentemente inmóviles en sus paisajes, el movimiento incesante de la atmósfera, el viento, la luz, las nubes son atrapadas en instantes.  La presencia del movimiento en el espacio inmutable nos asoma al inefable misterio de la naturaleza.
 Sus vistas de gran formato, aún hoy, despiertan un sentimiento de asombro que al ser identificados como propios se traducen en orgullo.  Velasco logró sin duda darle al territorio mexicano una dignidad sin precedente.  Con dignidad me refiero a esa fascinación mágica que otorga un ascendiente que reconoce una autoridad.  Algunos de estos paisajes, como dije al principio, fueron firmados por su autor en las piedras donde añade a su nombre explícitamente la palabra mexicano.  Su firma en las piedras que son parte del paisaje le otorga al cuadro una cualidad solemne.
Las representaciones paisajísticas de Velasco incorporan al territorio natural la huella de las actividades humanas sobre su superficie.  Los hombres, los mexicanos y sus casas, iglesias, ciudades, caminos y sus trenes se integran a los paisajes de México.
Estas obras fueron presentadas en la Exposición Universal de Paris de 1878. Velasco viajó a Paris como jefe del grupo primero de la Academia de San Carlos para exponer sesenta y ocho de sus cuadros. Con su trabajo intentó “mostrar al extranjero un país civilizado, un lugar de paz, grandioso, lleno de libertad y fortaleza.”[VI] Presentó ahí una de sus obras cumbre: El valle de México desde el cerro de Santa Isabel, que otra de las vistas desde una de las formaciones de la sierra de Guadalupe.  Mis cuadros, escribió a su familia “han gustado, todos los elogian y les llama bastante la atención la Naturaleza de México.”
En Francia fue condecorado como Caballero de la Legión de Honor y más tarde en 1893 viajó y mostró su trabajo en la Exposición Mundial de Chicago,  donde recibió un premio que sumó al que se le había otorgado en Filadelfia con su cuadro México.
Las circunstancias en México seguían cambiando, si bien el reconocimiento de su obra lo llevó, apoyado por el gobierno mexicano, a exponer y mostrar sus paisajes en el extranjero, el momento histórico y político no hizo posible que la obra del creador más importante del paisaje mexicano fuera ampliamente difundida y por lo tanto reconocida,  en el México de su tiempo.
Antes y después del movimiento revolucionario
Justo Sierra, en el discurso que dio en el acto de la inauguración de la Universidad Nacional de México el 22 de septiembre de 1910, a un escaso mes del inicio del movimiento revolucionario, insistía en los fenómenos que particularizan a la nación mexicana y en este contexto describe el paisaje mexicano:
…nuestro territorio constituido por una gigantesca herradura de cordilleras que, emergida del océano en plena zona tórrida, la transforma en templada y la lleva hasta la fría y la sube a buscar la diadema de nieve de sus volcanes en plena atmósfera polar…, nos presenta el hecho, único quizá en la vida étnica de la tierra, de grandes grupos humanos organizándose y persistiendo en existir, y evolucionando y llegando a constituir grandes sociedades, y una nación resuelta a vivir.[VII]
Identifica aquí claramente la forma del territorio de México con la estancia de los pobladores determinados por su geografía, una idea ampliamente difundida en aquel momento.  El territorio es la riqueza de la nación pero no solamente como un medio físico sino como un paisaje simbólico en el cual habitar y no meramente existir. Su descripción conjuga los elementos geomorfológicos del territorio pero añade un elemento que José Ma. Velasco utilizó magistralmente: un valor positivo y simbólico que elevaba el territorio mexicano a la categoría de paisaje.  Persistía en el ambiente la necesidad de apropiarse del territorio y formar una nación moderna conjugando aquellos elementos de descripción de las riquezas naturales con esta visión estética e idealizada de la patria.
José Ma. Velasco murió en su casa de la villa de Guadalupe en 1912.  La posibilidad de difundir y apreciar su obra tendría que esperar a los tiempos posrevolucionarios.
Manuel G. Revilla a quien he citado, escribió en 1911un ensayo dedicado a Velasco.  Se reconoce como su primer biógrafo a Luis Islas García quien escribió el texto titulado Velasco pintor cristiano en 1932[VIII].  En la primera página de este pequeño libro aclara que el ensayo está escrito como un homenaje al pintor olvidado y al descubridor del auténtico paisaje mexicano. Veinte años después de su muerte su obra estaba esparcida y no era conocida siquiera en los círculos artísticos.  En 1942 se presentó en el Palacio de Bellas Artes la magnífica Exposición Velasco organizada por la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética y se produjo un catálogo de las 246 obras expuestas.  Se hizo un gran esfuerzo para reunirlas ya que estaban dispersas entre las Galerías de Pintura del Palacio de Bellas Artes, el Instituto de Geología de la Universidad Nacional de México y entre varios de sus descendientes y familiares entre otros.  Esta exposición que tuvo un gran éxito fue organizada por Carlos Pellicer, Víctor M. Reyes, Juan Pacheco y Fernando Gamboa.  Se ofrecieron en la inauguración dos conferencias, una a cargo de Diego Rivera y la otra de Antonio Castro Leal, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Fue todo un acontecimiento y marcó el inicio del reconocimiento del artista.  Un año después Juan de la Encina[IX] escribió el libro El paisajista José María Velasco, aprovechando la publicación del catálogo y el interés que se había despertado sobre el tema.  En este texto incluye a Velasco en el grupo de Amado Nervo,  José Vasconcelos, Daniel Cosió Villegas, Enrique González Rojo, Genaro Estrada, Manuel Toussaint, Jaime Torres Bodet y Artemio del Valle Arizpe y basado en los datos biográficos de Luis Islas describió su obra como perteneciente al movimiento paisajista del siglo XIX en Europa sin negar la “mexicanidad del excelente paisajista”.
Se suceden entonces varios textos y exposiciones que desde diferentes ángulos tratan la obra de Velasco donde predomina el reconocimiento pleno de su importancia como el paisajista de México.  Un ensayo de finales de la década de los setenta por Octavio Paz titulado En lo alto de un valle frio donde afirma la capacidad poética de las pinturas de Velasco describiendo que el espectador de su obra se siente en lo alto de un valle frio y respira un aire delgado, aire solo para las águilas, en un misterioso equilibrio entre cielo y tierra.  Cielos azules, límpidos, nubes blancas a un tiempo sólidas y aéreas.
Conclusiones
La sacralidad otorgada al paisaje fue en las culturas mesoamericanas el elemento ético que hizo posible una relación respetuosa con la naturaleza.  Estos valores son en alguna medida conservados por el arte, y en el caso mexicano un momento ejemplar es la pintura de paisaje de José Ma. Velasco. Esta fue el detonador de la valoración estética del paisaje mexicano y la piedra angular del imaginario nacional.
Sus paisajes poseen a la vez una existencia física que en sí misma se suma a la existencia humana y una presencia en el espíritu humano, que supone necesariamente una historia y una cultura.  En sus pinturas el paisaje concierne a lo visible pero también a lo invisible, a lo material pero también a lo espiritual.
La obra de Velasco nos obliga a confrontarnos con nuestro pasado.  La armonía y el equilibrio que deja ver en su obra tienen hoy un carácter elegiaco, es decir de lamentación de algo probablemente perdido para siempre.  Como dice el connotado estudioso del paisaje Javier Maderuelo, “el paisaje no tiene una existencia autónoma porque no es un lugar físico sino una construcción cultural, una serie de ideas, de sensaciones y sentimientos que surgen de la contemplación sensible del lugar”[X].
La tecnología ha avanzado enormemente y las posibilidades de conocer nuestro mundo se han multiplicado exponencialmente, contamos con apoyos satelitales, microscopios electrónicos, mega computadoras y herramientas de comunicación nunca antes vistas, sin embargo el estado de equilibrio del medio ambiente nunca había estado tan deteriorado. Desafortunadamente la sensibilidad estética y ética para utilizarlos no ha avanzado a este mismo ritmo vertiginoso.  En este momento mirar la pintura de Velasco nos inquieta profundamente pues nos pone ante la realidad de las posibilidades perdidas. Velasco nos convocó a conservar un paisaje pleno de majestuosidad y serenidad, algo que evidentemente no hemos conseguido.
[I] Víctor Tomás Rodríguez Rangel, «El auge de la arqueología y su configuración alegórica en el arte mexicano del siglo XIX», enBabel en prosa. Arte, cultura y sociedad, Guadalajara, México, Limbo, año 2, núm. 4, invierno, 2007.
[II] Manuel G. Revilla, El arte en México en la época antigua y durante la época virreinal, México, Oficina tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1893.  A Revilla se le reconoce como el primer crítico del arte mexicano y autor de un ensayo sobre José Ma. Velasco de 1911.  Su obra ha sido publicada en la edición de Elisa García Barragán, Visión y sentido de la plástica mexicana,Colección Ida y regreso al siglo XIX.  México, Coordinación de Humanidades, Universidad Nacional Autónoma de México, 2006.
[III]  Ricardo Gutiérrez Abascal (Juan de la Encina), El paisajista José Ma. Velasco, Ensayos críticos sobre arte mexicano, México, El Colegio de México, 1943.
[IV] Manuel G. Revilla, op.cit.
[V] Fausto Ramírez, “La visión europea de la América tropical: Los Artistas Viajeros”, en Historia del Arte Mexicano, v. 7. México, Salvat, 1982, p. 329.
[VI] María Elena Altamirano, José Ma. Velasco. Paisajes de luz, horizontes de modernidad, México, DGE Equilibrista, 2006. p. 209
[VII] Fragmento del Discurso de Justo Sierra en el acto de la inauguración de la Universidad Nacional de México pronunciado el 22 de septiembre de 1910. En http://100.unam.mx
[VIII] Luis Islas García, Velasco pintor cristiano, México, Ediciones Proa, 1932.
[IX] Ricardo Gutiérrez Abascal (Juan de la Encina), op. cit.
[X] Javier Maderuelo, Nuevas visiones de lo pintoresco.  El paisaje como arte. Madrid, Fundación César Manrique.  Teguise 1996. p. 10.
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